Foz llora por sus jóvenes
Nadie en A Mariña se olvidará de Agustín Díaz Pinín, de 19 años; Saúl Díaz Poupariña, de 20; Saúl Méndez Pérez, de 21; y Pedro Fernández Rey, de 22. Ayer, una multitud despidió a los cuatro jóvenes de Foz. Centenares de rostros ateridos acompañaron los féretros de los tres muchachos de Cangas, Agustín, Pedro y Saúl Díaz. Frente al pequeño altar habilitado en el pabellón del centro cívico colocaron los tres ataúdes, rodeados de ramos y coronas de flores.«É lei de vida que os fillos enterren aos pais, pero non ao revés», repetía un señor en el tanatorio Virxe do Carme de Burela, donde velaron a Agustín y Saúl Díaz, poco antes del sepelio. Esta vez, el principio se ha quebrado. Los padres, extenuados tras dos días de duelo, dieron sepultura a sus vástagos. El nordeste no concedió tregua y azotó con furia la punta dos Castros, donde se erige el cementerio de Cangas. En la iglesia la restauradora del retablo atendía a los despistados. La celebración conjunta de los tres funerales aconsejó el traslado de la ceremonia al centro social.Al borde del acantilado el mar golpea con violencia. En los gestos de todos se percibe la rabia. Cuatro chavales, nenos, fallecidos en la maldita carretera. Y una letanía que se repite entre los más cercanos. Maldito sino. «É un pau para toda A Mariña... A ver se polo menos serve de escarmento». Temen por los suyos.Ayer por la tarde quedaron todos con Agustín, Saúl Díaz, Saúl Méndez y Pedro. No ha faltado nadie de cada panda. Ni Lorena, ni Luis, ni Jose, ni Rocío, ni Richie... Nadie los olvida. Están hechos polvo. Los colegas de Agustín han querido irse de algún modo con él, han metido en un sobre fotos del grupo, con sus firmas, y las han depositado en la tumba. Los compañeros de Saúl Díaz, Saúl Méndez y Pedro también les han traído flores. Mañana se juntarán para recordarlos, cada uno con los suyos. Hace mucho frío, pero no lo notan. Les cuesta entender. Van vestidos como los viernes por la noche, con los pantalones descolgados, las cadenas en los bolsillos, la gorra; alguno lleva americana. Pero están de luto.De Burela a Cangas y, más tarde, de Foz a Fazouro, se forman larguísimas caravanas. En las cunetas aparcan coches tuneados, de colores chillones, como el Megane Cupé que conducía Saúl Díaz la fatídica madrugada del sábado. Los autobuses desembarcan decenas y decenas de vecinos. Los chavales se van juntando, haciendo piña para darse un poco de calor. Callan, como esperando a que alguien ponga la música. Los padres no comprenden por qué tienen que enterrar a sus hijos. No es ley de vida.Lunes, 27 de febrero, víspera de carnaval. Pero en Cangas y en Fazouro, en toda A Mariña lucense, toca llorar.
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